Editorial mayo 2026

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Una herencia invisible

 Mayo primaveral, u otoñal, la sangre altera. Aunque haga frio y llueva a ratos, esta explosión de color es transformadora y conmovedora. Por eso sentimos más el paso del tiempo.

Pero no todo lo que importa deja registro. Ni huella, ni marca. Es más, lo mejor de nuestra vida, el amor, la belleza, la bondad, la sabiduría…no se pueden medir. Ni tocar. Solo ver y sobre todo sentir.

Aunque sentir está cuestionado hoy, en nuestra sociedad materializada y obsesionada con medir y cuantificar, esa parte esencial del valor humano, lo intangible, queda fuera, al margen de indicadores y estadísticas. Pero es urgente y necesario volver a hablar del sentido, de la trascendencia, del misterio de la vida humana, allí donde se construye la verdadera riqueza.

¿Por qué cual es nuestra riqueza?  Si, claro, algo hay de material, en la tierra donde nacimos y la casa que habitamos y el sol que nos alumbra y el aire que respiramos, pero ¿y el resto?  El resto de nuestra riqueza es intangible, es historia, es religión, es cultura y esta lengua que nos permite entendernos.  Si volvemos la mirada a la poesía comprendemos mejor.  “Decidme: la hermosura, / la gentil frescura y tez/ de la cara, /el color y la blancura, /cuando viene la vejez, /¿cuál se para? / Las mañas y ligereza /y la fuerza corporal / de juventud, / todo se torna graveza/ cuando llega al arrabal/ de senectud.”

Don Jorge Manrique nos enseñó también, como se pasan los días como se viene la muerte tan callando. Y nuestro Lope de Vega afirma en esa última estrofa del soneto sabio “creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño;/ esto es amor, quien lo probó lo sabe”. Esta sabiduría, esta belleza expresiva en literatura, en pintura, en música es nuestra herencia invisible. Nuestra mayor riqueza. Sobre la cual tenemos una responsabilidad grande en conquistarla, cuidarla y entregarla íntegra a las siguientes generaciones.

 

Leticia Escardó