A la Fundación Belén
Kenia. Aquel lugar en el que, mirases donde miraras, había escasez: de agua, de infraestructuras seguras y resistentes, de comida, de educación para los niños, de empleo, de higiene, de salud, de dinero, de oportunidades, de transporte accesible para todos, de control en las carreteras, de justicia, de servicios básicos… Y, sin embargo, aquel lugar tan rico en sonrisas, paciencia, gente trabajadora y dedicada, generosidad, cariño, fe, esperanza, agradecimiento y felicidad.
Aún recuerdo el día en que Anthony, un conductor de tuk-tuk muy amigo de los fundadores de la ONG en la que yo estaba de voluntaria, nos enseñó su casa con mucho orgullo. Tenía dos habitaciones, una cama para tres personas y un sofá, donde dormía su hermano pequeño, al que tenía que cuidar tras la muerte de sus dos padres; y detrás de la puerta de entrada había unos fogones para calentar y cocinar. Su hogar era de los mejores de la ciudad, y él lo sabía. Y sin embargo nosotros mirábamos la casa con lástima pensando “qué poco tienen para vivir”. Y es entonces cuando pienso: qué envidia. Porque ellos valoran cosas que para nosotros han perdido importancia y realmente son las que nos construyen como personas. Vivir con los seres que queremos, ser capaces de formar una familia, ayudar al prójimo, tener salud, sonreír, dar y vivir con agradecimiento y gratitud.
La primera vez que me emocioné en Kenia fue cuando Martín pasó a Consulta. Martín era un joven chef, que había vivido dos años en Verona. Es decir, una afortunado en el país, por el simple hecho de haber conseguido salir para ver mundo y trabajar fuera. Sin embargo, volvió porque amaba Kenia y quería empezar un negocio en su país natal. Al centro de salud vino porque su piel no estaba bien se secaba mucho y le salían manchas, además de úlceras en las piernas.
Nada demasiado grave para la situación que
encontramos allí. No obstante, a mí me conmocionó enormemente. Martín no sabía nada, no sabía lo que era el vitíligo y por eso sus labios se tornaban rosas, no sabía que existen mosquitos cuyas picaduras producen heridas si se rascan. No sabía qué significaba aquello ni si se curaría y por ello atendió como nadie, preguntaba, aprendía, razonaba daba explicaciones y posibilidades. Se sorprendía y atendía al recibir el diagnóstico.
Le miramos sus úlceras y le dijimos que sus labios no volverían a su color inicial, pero por causa del vitiligo, pero que no debía preocuparse por eso, pues no era nada peligroso, y él sonreía enormemente por saber, por recibir respuesta, por tener a alguien que le explicara todo aquello, por haber recibido Betadine y gasas.
Algo tan simple como ser escuchado y recibir aclaraciones, le hizo enormemente feliz y es cuando dijo “Thank You For Coming To Our Country” y ahí fue cuando se me escapó mi primera lágrima en Kenia, después de más de siete días haciendo eso mismo, y me pregunté por qué con algo tan simple y tan grande a la vez me había emocionado y en situaciones anteriores no.
Y es que fue en el momento en que me paré a pensar cuánto tenemos y cómo ignoramos ese hecho. Tenemos al alcance miles de medios para conocer las posibles causas de nuestras molestias, una sanidad pública que no solo nos da diagnósticos, sino también tratamiento y soluciones. Un sistema de conexiones a Internet al que todo el país puede acceder, bibliotecas por cada ciudad, universidades y educación pública… y en cambio no nos falta la curiosidad, las ganas de aprender, de razonar, de querer averiguar que ocurre.
Porque se nos da todo hecho. A veces perdemos lo que es intrínseco del ser humano, por haber tenido siempre todo lo que deseamos y más.
Por ello cuando pensamos que en Kenia hay pobreza, si, pero la pobreza es material y sanitaria y económica y social en algunos aspectos; pero espiritual y emocionalmente es más que rica, porque tiene amor, esperanza, fascinación, paciencia, agradecimiento y siempre una sonrisa que regalar.
Por eso gracias a ti Martín, por dejarme tu país y todo lo que conllevo en mi corazón, por dar gracias por algo tan simple y enseñarme que el sencillo hecho de recibir un diagnóstico, una respuesta, una opinión, un mensaje una noticia… es ser rico en este mundo. Y yo soy enormemente rica.
A ratos me pregunto si realmente los pobres no somos nosotros. Por tener esa lista de prioridades materiales y llamar pobreza a lo que, en el fondo, no es más que fortuna.
Kenia es aquel lugar al que el consumismo no ha llegado, el materialismo no se conoce, la riqueza no se mide en bienes y el verbo “tener” no habla de posesiones físicas. Significa tener salud, confianza, amor, amabilidad, fortaleza y dedicación.
No hace falta irse tan lejos para percibir eso que nosotros llamamos pobreza, pero en una ciudad en la que prima la estabilidad económica y las condiciones de vida dignas, cuando nos encontramos con lo contrario, simplemente miramos para otro lado, pues sabemos que, girando la cabeza, ese problema va a desaparecer. En Kenia eso no era posible, pues girabas la cabeza y te topabas con la misma situación. Allí era imposible cerrar los ojos, mirar para otro lado o poner una coraza a nuestro corazón hasta el final del día. Por ello, animo a todo el que lea esto que abra bien los ojos. Para dar y recibir. Os aseguro que es como más se aprende.
Asante Kenya L.S.L


