por Mª Ángeles Noblejas de la Flor
Tras la publicación, el 15 de mayo de 2026, de la encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, decenas de miles de menciones, informaciones y comentarios se distribuyen de forma descentralizada a través de distintas plataformas y medios de comunicación a nivel global. Esto es lo habitual con documentos de este orden y calado que, además de dirigirse a los católicos, invitan a abrir un abrir un diálogo sincero entre todas las personas de buena voluntad, porque se entiende que los asuntos que trata nos conciernen a toda la humanidad y no solo a una parte.
Ese impacto social abre infinitas posibilidades de reflexión personal, según los intereses, características personales, contextos en los que cada uno se desenvuelve… y, principalmente, alguna llamada de la vida que percibe.
La experiencia concreta de la que surgen las palabras de esta pequeña reflexión empieza con la recepción de un whatsapp, que un amigo envía a varios chats que comparten el interés por la obra de
(psiquiatra y neurólogo vienés que amplió y complementó la medicina y la psicoterapia al introducir en ellas la pregunta sobre el sentido en la vida, a pesar de las dificultades de su vida que incluyeron el paso por los campos de concentración nazis).
El mensaje reproducía el punto número 121 de la encíclica:
- La corrupción moral de nuestro límite creatural —el mal que evidentemente agita el corazón del hombre— arruina la sociedad y la vida, llegando incluso a extremos de deshumanidad. Y, sin embargo, también esta dolorosa forma de límite deja resquicios al bien. Aun cuando el ser humano se deshumaniza y provoca tragedias, una pequeña luz sigue brillando en la humanidad y sigue siendo capaz de reavivarse, con la gracia de Dios, recorriendo caminos de conversión y reconciliación. Viktor Frankl decía justamente que en los momentos de horror «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios»
Posteriormente, la Fundación Belén me hace una invitación para realizar una pequeña reflexión sobre la cita en “La terapia del arte”. ¡Agradezco a los amigos el abrirme esta posibilidad!
¿Cómo realizar esta pequeña reflexión? Primero, conociendo toda la encíclica. Segundo, comprender el lugar que ocupa la referencia a Viktor Frankl y lo que ello supone para el mensaje del documento. Y, por último, destacar algunas de esas ideas relevantes de la aportación de Viktor Frankl, que pueden complementar la propia cita.
Por ello, estructuramos este artículo en tres puntos: 1. Sobre la motivación general de la encíclica. 2. ¿A qué está respondiendo la referencia a Viktor Frankl? 3. Siempre es posible ser de otro modo.
- Sobre la motivación general de la encíclica Magnifica Humanitas
Al tratar las “cosas nuevas” (“res novae”) de nuestro tiempo, las que están transformando el mundo a nivel global, en particular, por los avances de la técnica (digitalización, inteligencia artificial y robótica), León XIV se sitúa en el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia buscando “iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo” dado que “se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?” (León XIV, 2026, n. 6)
Nos ofrece como criterios de discernimiento: la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común y la paz, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar (se comparta esta fe o no, todos comprendemos el significado que estas palabras contienen, a nivel humano, y con el que pueden estar de acuerdo las personas de buena voluntad).
Tales criterios acogen la historicidad del ser humano por la que cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo. Se trata de hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad (León XIV, 2026, n. 1). Así, recogeremos la corriente de solidaridad que atraviesa todo el devenir de los seres humanos y que nos sitúa ante el bien común, la justicia social, el principio de subsidiariedad y, especialmente, nuestra responsabilidad personal.
- ¿Qué relevancia tiene la referencia de Viktor Frankl en el marco de la encíclica?
La referencia quiere hacernos reflexionar sobre cómo “custodiar lo humano”, ante algunos desafíos que afectan a nuestro modo de vivir este tiempo tecnológico. ¿Cómo respetar esa dignidad magnífica, ante las promesas de la IA? ¿Cómo cultivar esa dignidad infinita -nada puede suprimirla- que posee cada persona, que es propia de cada ser humano, ante los retos de la actual revolución tecnológica?
En el contexto del documento, que busca profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo, encontramos, que no nos debe pasar inadvertido el papel que desempeñan algunas narrativas de fondo, como son el transhumanismo y el posthumanismo.
“Tratando de hacer emerger los presupuestos culturales que acompañan la revolución digital en curso, quisiera ahora dirigir la atención a algunas corrientes que interpretan el progreso como una superación del ser humano y que podemos clasificar con los nombres de transhumanismo y posthumanismo. Estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibridado” con la máquina (León XIV, 2026, n. 115).
En general, el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva. Aun cuando estas hipótesis siguen siendo en gran parte especulativas, van adquiriendo relevancia, porque modifican el imaginario colectivo y, en consecuencia, orientan las decisiones sociales, económicas y políticas (León XIV, 2026, n. 116)
En este contexto, la propuesta de Frankl es situada como contrapunto. Se trata de una antropología, realista y auténtica, trascendente, probada en el dolor del horror de los campos de concentración, sanadora, que asume, integralmente, el límite, el corazón y la grandeza del ser humano. Es una antropología que Viktor Frankl comienza a postular antes de la II Guerra Mundial, la consolida tras ella y será después difundida por todo el mundo. Una antropología que, orientando la labor científico-técnica, puede contribuir a la rehumanización de esta última y de la sociedad.
Esta comprensión del ser humano no es, en ninguna manera, una visión ingenua surgida de una mera reflexión bienintencionada en un despacho, sino que está enteramente encarnada en la vivencia del “hombre desnudo”, el “hombre desposeído de todo”, en la que puede descubrir, verdaderamente su valor y dignidad; la experiencia de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo la última libertad humana: la actitud personal frente al destino.
Estos pensamientos no están, desde luego, al alcance de cualquier ética trivial orientada hacia el cumplimiento de objetivos o el resultado feliz de una acción. No tratan de “pintar la vida de rosa”. Configuran una antropología que bebe de una profundidad de vivencia en la que las cosas conservan su sentido más allá del éxito o del fracaso. Se fundamentan en experiencias que muestran que la vida siempre tiene sentido, en cualquier circunstancia por extrema que sea:
«Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo tales circunstancias, decidir lo que sería de él -mental y espiritualmente-, pues aún en un campo de concentración puede conservar su dignidad humana. Dostoievski dijo en una ocasión: ‘Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos’ y estas palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito.» (Frankl, 1991, p. 69-70).
Viktor Frankl ratificó en los campos que, cuando la existencia humana no apunta más allá de sí misma, la permanencia en la vida deja de tener sentido, es imposible. Ello es aplicable, por analogía, también a la humanidad. Para su supervivencia ha de contar con un sentido. Pero si la humanidad quiere encontrar un sentido que sea válido para todos y cada uno, debe llegar a creer en la unidad de la humanidad, una unidad por encima de todas las diferencias (color de la piel, nacionalidad, ideología, creencia…), una unidad que incluye y se enriquece con la diversidad.
De forma muy resumida, podríamos concluir este segundo punto diciendo que la cita de Frankl tiene una relevancia central en la réplica al transhumanismo y posthumanismo. Aporta una respuesta verdaderamente humanizadora ante esas raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo.
- Posibilidades de ser siempre de otro modo
Frente al transhumanismo y el posthumanismo, que tienden a interpretar el “limite” -inhabilidad, incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad- como algo a corregir y eliminar, Frankl entiende la limitación humana como un espacio en el que la persona madura y se abre a la relación. La persona florece a través del límite. El límite nos constituye, al tiempo que nos llama a superarnos en lo posible. Forma parte de nuestro ser únicos e irremplazables; somos quienes somos y vamos siendo y quienes realizan una aportación absolutamente singular al mundo. El mundo se empobrece sin la aportación de cada ser humano.
El dolor evitable hay que evitarlo, ante el inevitable hemos de tomar una actitud. No eludir aquello doloroso que podemos soslayar o eliminar sería caer en un masoquismo. Ante un acontecimiento adverso que nos llega irremediablemente, el camino más transitable es la toma de actitud para no caer en desesperación (cfr. Noblejas, 2000).
Esta forma de comprender lo humano está alineada (si bien sin posición confesional) con las palabras de la encíclica:
“Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que «la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios»” (León XIV, 2026, n. 118).
El límite, la fragilidad, la incertidumbre forman parte de nuestra existencia, pero no de una forma cerrada, sino que siempre están acompañados de un espacio de libertad. Siempre dejan espacio a la posibilidad y a la búsqueda de respuestas. Si fuéramos seres ya cerrados, si estuviéramos acabados, no cabría un poder ser de otro modo. La posibilidad expresa la idea de libertad humana (Noblejas y Acevedo, 2021).
Es desde el ejercicio de la última libertad personal interior, aún en medio del horror, que, la humanidad llega a «conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios» (Frankl, 1991, p. 74)
Esta visión es coincidente, como veíamos, con el pensamiento de la Doctrina Social de la Iglesia, que parte de la experiencia creyente católica: “Aun cuando el ser humano se deshumaniza y provoca tragedias, una pequeña luz sigue brillando en la humanidad y sigue siendo capaz de reavivarse, con la gracia de Dios, recorriendo caminos de conversión y reconciliación” (León XIV, 2026, n. 121).
Esta reflexión me lleva a unas palabras pronunciadas por Viktor Frankl, el 25 de marzo de 1949, en un discurso que la pidió la Sociedad Vienesa de Médicos en memoria de los miembros fallecidos en los años 1938-1945. En estas palabras proclamadas con los recuerdos, todavía muy vivos, del infierno de Auschwitz, no se atisba ninguna clase de impulso de represalia, de venganza, ni siquiera de resentimiento. Frankl dijo entonces:
«Mi misión es dar testimonio ante ustedes de cómo fueron ultrajados y murieron muchos médicos vieneses; dar testimonio de verdaderos médicos que vivieron y murieron como médicos, que no podían ver ni dejar sufrir a otros, pero supieron sufrir ellos mismos, ofrecer el sufrimiento auténtico, el sufrimiento digno. En sus últimas palabras no había ninguna de odio, sólo palabras de añoranza brotaban de sus labios, y palabras de perdón; pues lo que ellos odiaban, y lo que nosotros odiamos, nunca son los seres humanos. A los hombres hay que saber perdonarlos. Sólo odiaban el sistema, que a unos los llevaba a la culpa y a otros a la muerte. ¿Y no es mejor no excederse en llevar a otros a los tribunales? Por tanto, queremos no sólo recordar a los muertos, sino también perdonar a los vivos. De ese modo tendemos la mano a los muertos más allá de todas las tumbas, más allá de todo odio. Y cuando decimos: honor a los muertos, queremos añadir: y paz a todos los vivos de buena voluntad».” (Frankl y Lapide, 2012, p. 87-88)
En este discurso también señaló que más allá de los médicos referidos por la ocasión, incluía “a todos los que murieron allí”.
Es una experiencia impresionante de reconciliación la que se nos ofrece. Una reconciliación que también transita el perdón, sin el cual, no podría darse una convocatoria a la unidad.
Un movimiento transformador, una acción profunda, intima, de perdonar que se realiza porque se reconoce en todo momento el rostro humano del otro a pesar de su barbarie. Se produce, como el propio término significa (per- a través de/intensidad/totalidad, donare – dar, regalar), mediante una donación completa, un regalo; se otorga generosamente sin que exista un mérito en el otro que me lleve a otorgárselo. Es la condonación libre y liberadora hacia el agresor, de una deuda contraída por el dolor que ha infligido (Noblejas, 2019, p. 26).
Viktor Frankl ratificó en los campos que cuando la existencia humana no apunta más allá de sí misma, la permanencia en la vida deja de tener sentido, es imposible. Ello es aplicable, por analogía, también a la humanidad. Para su supervivencia ha de contar con un sentido. Pero si la humanidad quiere encontrar un sentido que sea válido para todos y cada uno, debe llegar a creer en la unidad de la humanidad, una unidad por encima de todas las diferencias (color de la piel, nacionalidad, ideología, creencia…), una unidad que incluye y se enriquece con la diversidad.
Para ir concluyendo
Es la aceptación de la limitación, el sostener en nuestros hombros el peso de la incompletud, una condición previa para florecer como persona, para desarrollarme desde la experiencia de trascender. Trascender es un acontecimiento dinámico en el que desarrollándome me sobrepaso. Es la única forma en que puedo existir, en que me puedo realizar. Es el dinamismo de ser-siendo para llegar a ser en el mundo con los demás.
La experiencia de la trascendencia pone de manifiesto la identidad de la persona y siempre necesita esa condición de base de imperfección y vulnerabilidad que acompaña la naturaleza humana. La trascendencia es el movimiento del sí mismo hacia el sentido, hacia el Logos, para los creyentes Dios.
Trascender es el movimiento que acompaña todo progreso humano, como persona, sociedad y civilización. Nos dirigimos hacia el sentido, ese bien que siempre pasa por el otro y por el mundo, ese bien común forjado con la implicación responsable de todos y cada uno. El sentido necesita ser puesto por obra con nuestra actuación en el mundo.
La trascendencia solo es posible desde la calidez de un corazón sintiente, apasionado, con una pasión capaz, incluso, de sumergir el propio dolor en la corriente del dolor general que en todo tiempo recorre la historia y también capaz de anhelar una realidad valiosa que espera alcanzar y que su corazón quiere en verdad, un sentido que lo atrae en su autenticidad. Es una trascendencia que nos mueve a perseverar, a dar de nosotros mismos todo lo que está en nuestras manos para continuar nuestro camino y lograr el bien deseado (Noblejas, 2019), que, para ser realmente un bien, ha de ser un bien común. Es nuestra magnífica humanidad.
Decimos, con León XIV: Lo que no podemos perder: el límite, el corazón y la grandeza del ser humano.
Referencias bibliográficas
Frankl, V E. (1991). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder, p. 74.
Frankl, V. E. y Lapide, P. (2012). Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Barcelona: Herder, p. 87-88.
León XIV (2026). Magnifica humanitas [Carta encíclica].
Noblejas, M. A. (2000). Palabras para una vida con sentido. Bilbao: Desclée de Brouwer.
Noblejas, M. A. (2019). Sentido y reconciliación. NOUS, (23), 11-29.
Noblejas, M. A. y Acevedo, G. (2021). Aprendiendo a vivir con sentido. Madrid: Instituto Emmanuel Mounier.



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