A escasas semanas de vivir un gran cambio en nuestro país (o quizá no), no parece haber mejor momento para escribir sobre la filosofía conservadora que el presente.
Si, filosofía. Porque, a diferencia de otras grandes corrientes políticas de la modernidad, el conservadurismo nunca se ha articulado como una ideología cerrada, con un programa universal destinado a transformar la sociedad. Su punto de partida es, precisamente, la desconfianza a quienes pretenden hacerlo. El conservador no parte de un modelo perfecto de sociedad que deba ser construido, sino de una realidad histórica que considera demasiado compleja como para ser reconstruida desde cero.
El conservadurismo no promete un mundo nuevo. Mira al que existe y se pregunta qué merece ser preservado, qué puede reformarse y qué precio estamos dispuestos a pagar para cambiarlo.
Y es precisamente por eso por lo que merece la pena volver a hablar de él ahora.
La realidad es que todos somos conservadores en mayor o menor medida. Todos amamos algo, y, por consiguiente, deseamos preservarlo. Personas, lugares, costumbres, principios…Sin embargo, la intuición conservadora adquiere una dimensión política cuando comprendemos que no solo hemos recibido bienes materiales o afectivos de quienes nos preceden, también instituciones, formas de convivencia, leyes…
Edmund Burke fue aún más lejos con esta idea. Según él, la sociedad no era un simple contrato celebrado entre los individuos que viven en un determinado momento, sino una asociación entre generaciones: entre vivos, muertos y aquellos que están por nacer. Por tanto, la sociedad, no es enteramente nuestra para disponer de ella a voluntad. La recibimos, la habitamos, y finalmente, la transmitimos.
¿Les suena? Pensemos en un tema cotidiano y de rabiosa actualidad: la propiedad, la vivienda, un contrato de alquiler, Maricarmen. También ahí aparece la misma tensión entre lo que hemos recibido y lo que queremos conservar. Una vivienda no es únicamente un espacio físico, puede convertirse en hogar, estabilidad, comunidad, memoria. Pero tampoco es únicamente eso: sobre ella existen derechos, obligaciones y relaciones jurídicas que permiten a otros considerarla igualmente parte de su patrimonio.
Y por eso hay conflicto, ambos bandos de esta encrucijada buscan conservar algo. Por mucho que pueda parecer que quienes defienden a Maricarmen están motivados por el deseo de cambio, su reivindicación parte también de un impulso profundamente conservador: quieren preservar algo que consideran valioso. Incluso la legislación franquista de arrendamientos, fuertemente protectora del inquilino, muestra que proteger lo existente no ha sido patrimonio exclusivo de una determinada ideología.
Oakeshott escribió que ser conservador es «preferir lo familiar a lo desconocido, lo probado a lo no probado, lo actual a lo posible». Quizá esa sea una de las definiciones más sencillas de una actitud que, en realidad, todos hemos experimentado alguna vez. Y quizá sea precisamente ahora, ante un mundo que cambia a una velocidad desconocida (con la inteligencia artificial transformando nuestra forma de trabajar, una inmigración que plantea nuevos debates sobre fronteras e integración y una sociedad española que modifica rápidamente muchos de sus antiguos moldes), cuando más sentido tenga preguntarnos qué queremos conservar.
Porque el conservadurismo no consiste necesariamente en rechazar el cambio. Consiste en preguntarse qué merece sobrevivir a él.
Al fin y al cabo, un conservador, en el sentido más elemental de la palabra, es alguien que ha encontrado algo que amar y, precisamente por ello, desea protegerlo.
Todos somos conservadores en alguna medida.
Guillermo Sáenz Secades

