Yolanda Mancebo

“El teatro puede ser un bálsamo que cure la herida de la soledad, del aburrimiento, de la insatisfacción personal”
Le propongo a la dramaturga, directora y actriz Yolanda Mancebo Salvador conversar acerca de la capacidad terapéutica del Teatro. Lleva más de tres décadas enseñando y aprendiendo en IES, en la RESAD, y en compañías profesionales y de aficionados en España y otros países. Con esta entrevista para «La terapia del arte» nos acercarnos a Yolanda Mancebo, pero también abordamos temas universales de nuestro tiempo.
Yolanda Mancebo nos habla del teatro como escuela de vida que fomenta el humor, la humildad y mirar el día a día desde la ilusión. Y nos avisa de la vanidad como la energía negativa que también en su seno, como en otros contextos, hay que sanar. Para ello desde la experiencia propia y ajena reivindica la necesidad ineludible de acabar con esa lacra humana que es la envidia, y que ocasiona daños en familiares, compañeros o vecinos. Yolanda Mancebo reivindica como este arte permite en
barrios y municipios con graves problemas de exclusión humana y social, enseñar a esas personas a superar sus hábitos errados, a aprender comportamientos cívicos y a encauzar sus vidas.
Y antes de pasar al meollo de la conversación, estemos ojo avizor sobre cómo desde hace años están afectando al mundo teatral dos realidades: Una, en el plano público que el partidismo político y el nepotismo marquen las programaciones teatrales. Dos, en el ámbito privado, que haya programadores teatrales que desconozcan por ejemplo quién fue Calderón de la Barca y la riqueza de sus obras más emblemáticas.

Yolanda Mancebo, el teatro como Escuela de vida, ¿qué aporta?
Un conocimiento profundo del ser humano y de uno mismo. Lope de Vega lo ha definido con perfección en su inmensa tragedia El castigo sin venganza. Suscribo sus versos: “Es la comedia un espejo/en que el necio, el sabio, el viejo,/el mozo, el fuerte, el gallardo,/el rey, el gobernador/ la doncella, la casada,/siendo al ejemplo escucha/de la vida y del honor,/ retrata nuestras costumbres,/o livianas o severas/mezclando burlas y veras,/donaires y pesadumbres.

Llevas 18 años organizando las Jornadas de Teatro Barroco de Yepes que son fiestas regionales. Seguro que si se celebraran en una ciudad como Madrid, Barcelona o San Sebastián, serían consideradas de interés internacional. Primera cuestión, ¿qué reflexión institucional como país tenemos que hacer para que esto esté ocurriendo?
Solo se atiende a lo que es visible; es decir, lo que tiene presencia en los medios de comunicación o en las redes sociales y, por supuesto, lo que favorece los intereses de tal o cual partido. Si se consigue formar parte de ese engranaje de poder, se abren todas las puertas. De lo contrario, existes para una comunidad pequeña y estás condenado a subsistir en ese reducto de forma autárquica. En el caso de las Jornadas Calderonianas de Yepes (Toledo) se ha intentado, desde las autoridades locales, dar toda la visibilidad posible al evento, pero –sin medios económicos suficientes- la información se pierde en la marabunta de Internet, en la que hay tantas propuestas culturales y tan variadas que el receptor deja de filtrar, de seleccionar, de distinguir… Se pierden en el conjunto infinito de manifestaciones que cada pueblo “sube” a la red. Aflorar entre tantas posibilidades es cuestión de dinero. Se ha solicitado ayuda a la Diputación de Toledo y a la Junta de Comunidades, para mantener un espectáculo que mueve a mucha gente cada junio, pero tampoco estas instituciones han
distinguido sus virtudes de entre las miles de invitaciones que reciben en el entorno de su región (bailes regionales, fiestas religiosas…). Que un pueblo de tan solo 5.000 habitantes “fabrique” con sus propios medios un festival tan exigente en lo artístico es una tarea titánica que no se valora lo suficiente en un nivel institucional, porque los que deben venir a verlo no han venido. Se ha ganado, a través del boca a boca, el aplauso del público. De aquí se infiere mi reflexión; se necesitan responsables de la cultura con un enorme sentido del deber respecto a la tarea que se les ha encomendado; han de velar por los intereses del ámbito que gestionan, de manera profesional, por encima de los intereses partidistas o del gusto propio. Para ello es preciso contar con que a esos garantes de lo cultural les avale una preparación sólida en la materia que tienen entre manos. No sé si los que gobiernan en el sector cultural están preparados o dispuestos a prepararse. Y si son lo bastante generosos como para potenciar lo que no ha emanado de su círculo de votantes.

¿Qué terapia ha supuesto para las personas que participan como actores y actrices en las representaciones de las Jornadas de Teatro Barroco?
Cada cual participa por razones distintas: para algunas mujeres –sobre todo las más veteranas- es un escape a su rutina diaria. Se entregan a la actividad como si quedaran con sus amigas para hacer algo distinto que les permite salir de casa. El teatro puede ser un bálsamo que cure la herida de la soledad, del aburrimiento, de la insatisfacción personal.
Otras personas trabajan en las Jornadas sobre todo por afecto a su localidad y su esfuerzo emana de esa suerte de sentimiento a la pequeña patria.
Alguien habrá también que trabaje sobre todo por amor a la propia actividad, al teatro, para satisfacer su deseo de realizar actividades artísticas. Y no faltará quien lo haga, simplemente, por pasar un buen día al lado de sus amigos.
Todas estas razones pueden convivir en una misma persona: distracción, enriquecimiento personal, amor a su pueblo y deseo de divertirse.

Segunda cuestión, ¿qué barreras internas han de superarse para que estas representaciones teatrales sirvan para superar una realidad como las dos Españas aún demasiado presente en las actitudes cotidianas de los vecinos?
Yepes es un pueblo (quizás pueda extrapolarse a toda España) dividido por las diferencias políticas, por los recuerdos y prejuicios heredados y, lo que es más triste, marcado por las envidias vecinales. La barrera está en ese sentimiento que nos incapacita para apoyar, valorar, aplaudir, analizar sin acritud… los logros del otro. Cuando esa baja pasión se alía con la desidia y el cansancio que genera la continuidad de un espectáculo, el trabajo se convierte para los que quieren seguir creciendo en él, una labor casi imposible.

¿Qué capacidad terapéutica tiene el teatro para el público, el actor, o la propia dramaturga?
Creo que ya me he referido a ello en una pregunta anterior, en relación a las propias Jornadas. El teatro es un arte milenario, que cuenta historias de importancia para el que las construye (el dramaturgo, el director, el actor) y para el que las ve. Los griegos llamaban “skene”, lugar de los muertos según la etimología, a nuestro “escenario”; el lugar donde cobra vida –a través de las palabras– el conocimiento de los mitos de cada época. Ello nos permite reflexionar sobre historias universales, comprender el mundo, conocernos como decía Sócrates; vivir lo que los grandes trágicos
llamaban “catarsis”, esa suerte de purificación que se experimenta al recorrer con el héroe el camino de la acción dramática con sus caprichosos cambios de fortuna. O distanciarnos de los infortunios a través de la risa. El teatro es una herramienta para enfrentar los embistes del destino con humor, con sabiduría, con humildad. Sin embargo, el oficio del teatro es complejo e inestable. Solo el 8% de la profesión vive de él. El resto ha de buscarse la vida en otros ámbitos y dedicarle el espacio que puede como aficionado, como docente o, incluso, como público. Pocas veces se abandona definitivamente el teatro. Cuando te echa los lazos, como un veneno perfumado, no deja de seducirte. Quizás el efecto terapéutico de ese veneno sea que alimenta una pulsión muy primaria del ser humano, la vanidad. Entendida y domesticada, es un motor vital para levantarse cada día, porque nos convence de que debemos querer-nos y de que somos importantes.

Eres profesora desde hace tres décadas. Has pasado por la RESAD, por institutos en Parla, compañías en Chile, o ahora en el IES San Mateo considerado de Excelencia en Madrid. ¿Qué análisis haces de la evolución de la vocación hacia el teatro entre los estudiantes desde que comenzaste hasta ahora?
Son ámbitos distintos, con alumnado de muy diversa índole. Ya hablar en profundidad de uno de ellos me llevaría demasiado tiempo. En los centros de estudios de arte dramático (RESAD, Escuela de Arte de Chile) los alumnos buscan formarse para desempeñar una profesión y se aplican para dominar todas las disciplinas que contribuyan a ello: la voz, el cuerpo, la dramaturgia. Quizás se vislumbre cierto giro hacia la búsqueda de lo práctico, del éxito fácil, por lo que proliferan los cursillos rápidos para preparar al actor ante la cámara, para enseñarle a hacer un “casting”, a gustar, más que a crear. Sin embargo, un actor vocacional siempre está preocupado por seguir aprendiendo.
En los institutos es distinto y más en los de especial dificultad como los que conocí en Parla o San Cristóbal de los Ángeles. El teatro, bien orientado en su temática, puede ser un arma magnífica para enseñar a los estudiantes de ESO con dificultades o desmotivados, incluso con problemas serios de comportamiento, porque fomenta el trabajo en equipo, contribuye a la integración, corrige malos hábitos, divierte con la palabra, la música, el baile… Otra cosa es que como actividad de ocio les guste. He comprobado que, salvo excepciones (y el I.E.S. San Mateo es una de ellas) los adolescentes no terminan de conectar con el teatro. Han surgido iniciativas interesantes que buscan tender puentes de comunicación con este sector del público tratando te-mas que les atraigan y buscando una estética próxima al videojuego o que refleje las nuevas tecnologías. La Joven Compañía de Madrid está realizando un trabajo excepcional en este sentido.

Llevas dirigidas compañías de teatro profesionales, de estudiantes de Bachillerato y universitarios, y de aficionados en España y Chile. ¿Qué energías positivas compartís y transmitís?
En el teatro se comparte de todo: ideas, sentimientos, conocimiento, pasiones. Los actores se refieren a esta corriente de transmisión, hablando de la “energía”. Pues sí. Se comparten “energías” positivas y también negativas. La generosidad con que todo el equipo pone al servicio del espectáculo lo que sabe. Como si se caminara en peregrinación hacia un santuario y unos aportaran el agua que les queda y otros el caya-do. Pero en el viaje teatral, que muchas veces es a ninguna parte, también asaltan “energías” negativas; alguien que se guarda una flor olorosa del camino, alguien que tira una piedra e hiere a otro… En fin, el teatro aspira la energía positiva de la generosidad y la negativa de la vanidad.

¿Y qué roces, diferencias, aspectos negativos? ¿Cómo se pueden superar?
Envidias, inseguridades, complejos. El artista “se desnuda” en escena; exhibe ante los otros sus miedos y sus deseos más íntimos. Toca fibras ocultas que le ponen delante de un espejo rabiosamente humano. Y una vez vivida la anagnórisis de su propia existencia, ha de enfrentarse, cuando baja del escenario a la vida de verdad. Y a veces se pierde la noción de límite entre esta vida de verdad y la otra, la del escena-rio. Eso es un peligro. La escuela del llamado “Método” (stanivslaskiano y sus derivaciones en América) ha perseguido con sus enseñanzas la verdad hasta las últimas consecuencias; ello puede constituir un peligro para el actor, si no ha generado mecanismos para controlar los límites, para decir “este soy yo cuando estoy fuera de cámara”. El personaje no puede sobrevivir al actor ni puede dominarlo como un títere. Ese es uno de los peligros. El actor con oficio, bien entrenado, supera todos los inconvenientes con disciplina y, sobre todo, si es capaz de controlar el monstruo de la vanidad.

A pesar de haber logrado premios y reconocimientos con compañías profesionales, de aficionados y estudiantes a nivel nacional e internacional, todavía os encontráis con barreras para entrar en los circuitos de representación teatrales públicos y privados en España. Tres preguntas, la primera, ¿por qué viene sucediendo?
Lo ignoro. He dirigido un espectáculo magnífico (así lo ha dicho la crítica y así lo avala el aplauso del público que lo ha visto), El mágico prodigioso de Calderón de la Barca, en versión infantil, con mi compañía “El viaje entretenido”. Una pieza dificilísima porque constituye un raro ejemplo de drama filosófico reconducido para que todos los públicos entiendan el mito de Fausto y se diviertan. Me serví de un lenguaje absolutamente contemporáneo, danza, acrobacias, música en vivo, actores de primer nivel, equipo artístico avalado por los premios Max… Y, sin embargo, no he logrado entrar en los circuitos profesionales, en las redes. ¿Por qué? Porque quienes programan tienen la última palabra y entre ellos me encontré a algunos que ignoraban quién era Calderón, de qué iba la obra o rechazaban el hecho de que entre el reparto no hubiera caras televisivas.
Volvemos al tema político. Un programador debe estar muy preparado, ser curioso, no tener prejuicios y buscar el equilibrio entre lo comercial (a lo que no resto importancia) y lo artístico.

La segunda, ¿cómo se pueden superar?
Creo que la respuesta está implícita en lo dicho anteriormente. Con profesionales de altura en la gestión y producción de los bienes culturales, cuyos intereses estén por encima de la conveniencia partidista, el prestigio de unos pocos o la amistad de los aspirantes. Aunque nunca se destierre el gusto personal en la confección de un pro-grama, se debe atender a otras variables. Desde luego, si una Compañía Nacional de Teatro Clásico desecha un calderón infantil, en la sección correspondiente, premiado y avalado, una de las obras más importantes de nuestro repertorio, y prefiere un Pul-garcito de fábrica colectiva o un Romeo y Julieta argentino, que se repite cada año, es que hay un problema de fondo.
La tercera, ¿qué efectos positivos tendrá para los españoles y España que esos obstáculos se superen?
Un pueblo sin teatro (sin arte) está malherido. Pero un pueblo con una organización cultural injusta o arbitraria está enfermo y el contagio puede ser peligroso a otros niveles. Un país que gestione su cultura dando oportunidades a todos (no solo a los jóvenes ni a las compañías consolidadas ni a los famosos), que programe de acuerdo a criterios justos de rigor, interés general… y no por amiguismos… crecerá sano y robusto.

El dúo de actores captando la atenta mirada del público

Hace años que TVE potenció el Teatro con Estudio 1, dos preguntas, una, ¿qué análisis haces de que un programa como aquel se perdiera, a pesar de sus éxitos de audiencia y su influencia cívica en la sociedad española de aquel tiempo?
Una lástima. Aún veo algunas de sus grabaciones y son magníficas. Sin embargo, se ha intentado recuperar hace poco (se hizo La malquerida de Benavente y La viuda valenciana de Lope de Vega) sin éxito. El público se ha acostumbrado a ver en clave de serie, con unos tiempos que distribuyen la historia de una forma determinada, con unos tópicos visuales… y no se siente atraído por esas historias –aunque sean universales- contadas en una habitación con tres focos. Las interpretaciones tampoco lucen en la televisión como en el teatro y a veces el lenguaje que impone el medio va contra la naturaleza del género teatral. Me explico: Una tragedia griega, grabada en un estudio, con la tecnología al uso, chirría de algún modo. Y ese espacio ha sido ocupado por las comedias de situación como Aquí no hay quien viva… Quizás si se rodaran con un formato más similar al del cine, buscando un lenguaje que avivara el arte dramatúrgico, como esa película Vania en la calle 42, lograrían conectar, al menos, con un sector del público.
Sin duda, en aquellos tiempos el público televisivo que veía los Estudios 1 porque era el programa estrella se educó en una cultura teatral que hoy se ha perdido. Hay una generación que sabe quién es Calderón por aquellos programas; la pena es que no se hayan convertido en programadores de teatros.

Dos, ¿qué efectos positivos puede tener que una televisión apostara en serio por un programa como aquel pero hecho desde las posibilidades y el talento de nuestro tiempo?
Muchos. Educar al público en el conocimiento de los grandes autores y las grandes historias universales. Se podrían adaptar, incluso, según el público al que se dirigiera: niños o adolescentes… Asociarlos con concursos de actores y directores. Propiciar que trabajaran más profesionales del medio. Y, sobre todo, animar a los telespectadores a ver esa proeza en vivo y en directo. No sé si el efecto sería el contrario.

Sobre qué te gustaría conversar que no hayamos conversado.
Ante la pregunta de qué hay que tener o ser para triunfar en el teatro, habría respondido que, ignorando cómo reparte suerte la Fortuna, hay algunos privilegiados que, por pertenecer a determinados grupos de poder en la sociedad actual, ser más políticamente incorrectos o aprovechar temas de oportunidad han llamado a la puerta y se les ha abierto.

Pregunta, ¿quién abre la puerta de la profesionalidad si no es la cualidad misma de ser profesional? ¿Cómo se es profesional para los porteros del teatro? ¿Cómo se mide la profesionalidad? ¿Con la fama? ¿Con un carnet político? ¿Cómo se sabe dónde, cuándo y cómo llamar?
No tengo respuesta. Gracias.

Manuel Carmona Rodríguez